Lo mismo sucedía con el juez, a quien Sócrates le preguntaba ¿qué es la justicia?; o con el poeta, a quien le preguntaba ¿qué es la belleza?. Ninguno de ellos parecía ser capaz de dar razón de lo que hacía o producía y, en el mejor de los casos, del poeta podríamos decir que está inspirado, es decir, que hace las cosas sin saber cómo, poseído por un dios tal vez o en un rapto de locura temporal. Y todos terminaban molestos con Sócrates, pensando en cómo iban a vengarse de él.
Pero Sócrates no hacía estas preguntas para burlarse de la gente, sino que tenía la firme convicción de que las palabras habían perdido su sentido y que ya nadie sabía lo que significaba la valentía, la justicia o la belleza. Lo peor era que todos creían saber lo que significaban esas palabras y por eso las seguían utilizando sin cuestionarse. Sócrates en cambio pensaba que la mejor manera de recuperar su significado era en el diálogo y por eso trataba de destruir las opiniones ingenuas -para buscar el verdadero significado de las palabras, para definirlas correctamente-.
Al final, Sócrates fue juzgado y condenado a morir por corromper a la juventud y no creer en los dioses de la ciudad. Pero su amigo, el joven Platón, tomó la posta y continuó en el esfuerzo de definir las palabras para darles otra vez un sentido y volver a cargarlas de significado.
Entre otras cosas, Platón retomó la reflexión de Sócrates sobre la virtud, que la identificaba con el conocimiento. Esto era una de las paradojas socráticas, que la virtud es conocimiento; relacionada con ella está ésta otra, que el que sabe lo que es bueno no hace lo que es malo, o que nadie hace el mal sabiendo que hace el mal.
Esto suena bastante absurdo, porque nosotros, muchas veces, sabemos perfectamente lo que es bueno y, sin embargo, hacemos lo que es malo. Lo que sucede, podríamos argumentar contra Platón, es que en nuestras acciones no interviene sólo la inteligencia, sino también el deseo, que muchas veces pasa por encima de la razón y nos obliga a hacer lo que sabemos que es malo o incorrecto. Vamos a ver que ésta es ya la crítica de Aristóteles a la posición de Platón.
Pero vale la pena revisar brevemente el planteamiento de Platón, a manera de introducción a nuestro tema, la ética y la política y, para empezar, quisiera defender a Platón contra la crítica de Aristóteles, pues me parece que no toma en cuenta los diálogos de Platón en los que la formación del deseo juega un papel importante, El Banquete, por ejemplo, donde muestra que el progreso de la razón o de la inteligencia individual está dirigida por el deseo, justamente. El deseo o el amor aparece en ese diálogo como el motor de una ascensión hacia puntos de vista cada vez más universales, empezando por el amor a un cuerpo bello, luego a varios cuerpos bellos, luego a la idea de la belleza en sí. Además, en La República Platón insiste en que la Idea del Bien, que es la que de alguna manera contiene a todas las otras ideas, no se conoce sólo con la inteligencia, sino “con toda el alma”, es decir, también con el deseo e implica un cambio completo de la persona.
Pero algo de cierto tiene la crítica de Aristóteles, pues Platón mantiene una concepción “intelectualista” de la ética. La inteligencia juega en Platón un papel preponderante y la entiende de una manera fundamentalmente geométrica, es decir, Platón piensa que la inteligencia que debemos desarrollar nosotros en la ética es una inteligencia o un razonamiento semejante a aquel razonamiento que hacemos en las matemáticas, concretamente, en la geometría. Y este es un punto fundamental de la crítica de Aristóteles a Platón, como veremos.
Para entender lo que quiere decir Platón, podemos preguntarle a cuatro personas si robar es bueno o es malo. Todas dicen que robar es malo, es decir, el contenido de la respuesta es el mismo, pero lo que le interesa a Platón es la justificación, las razones que da cada uno para decir que robar es malo. De eso trata la filosofía, dice Platón, de dar razones, de justificar nuestras afirmaciones y nuestra propia vida. Con eso tiene que ver la ética, dar razón de nuestros actos.
El niño responde, pues, que robar es malo y le preguntamos ahora ¿por qué? Mi mamá me lo ha dicho, nos contesta. Esa es su justificación y no podemos decir que esa sea una buena justificación, porque se basa solamente en lo que él ha escuchado decir y no en un verdadero saber.
Entonces preguntamos a una segunda persona, a otro niño, por ejemplo, ¿por qué dices que robar es malo? Y este segundo niño ya no nos dice que es porque su mamá le ha dicho. Este niño dice que ha tenido ciertas experiencias: “yo he sabido de ciertas personas que han robado y a las que les ha ido mal después, por eso digo que robar es malo, no sólo porque mi mamá me lo ha dicho”.
Bien, esta justificación es mejor que la anterior, porque hay una investigación empírica, una investigación de casos particulares y, desde ahí, este niño o esta persona han generalizado; de ciertos casos particulares han obtenido la regla general que robar es malo. Este proceso es más complejo que el primero, que simplemente se limitaba a recibir lo que había escuchado y lo repetía. Esta segunda persona no solamente hace eso, sino que investiga y generaliza.
Pero Platón le diría a esta segunda persona: ¿cómo has hecho para pasar de algunos casos particulares a todos los casos en general?, ¿cómo has hecho para universalizar esa norma? Robar es malo, claro, en muchos casos robar es malo porque trae malas consecuencias para quienes roban, pero sucede muchas veces que a aquellos que roban no les pasa nada. No hay ninguna necesidad lógica, ninguna conexión lógica entre robar y que me vaya mal. Podemos preguntarle a algunos personajes conocidos, a algunos les va mal ciertamente, pero a otros les va bien. Este es el problema de toda inducción, de toda generalización o universalización a partir de casos particulares: la universalidad que se consigue es siempre solamente empírica, no incluye ninguna necesidad lógica.
De tal manera que esta segunda razón no es todavía suficiente, dice Platón. Entonces, vamos donde una tercera persona y ella nos dice: mira, yo digo que robar es malo porque parto de un principio; no repito lo que me han dicho ni generalizo a partir de casos particulares, sino que parto de un principio general y mi principio general puede ser, por ejemplo, "no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti". A partir de ese principio de acción yo investigo los casos particulares y me pregunto si en ese caso particular estoy haciendo aquello que no me gustaría que me hicieran a mi, por ejemplo ¿me gustaría a mi que me roben? Entonces, yo digo: no me gustaría que me roben, por consiguiente, yo no robo.
Esta persona tiene lo que podríamos llamar un conocimiento científico, un conocimiento verdadero justificado. Las razones que tiene para decir que robar es malo están justificadas. No se lo han dicho, ni responde por la experiencia vaga que puede haber acumulado con el tiempo, sino por unos principios sólidos que guían sus acciones concretas, un principio universal que guía sus acciones concretas.
Pero queda una cuarta persona; ¿qué fue insuficiente en la respuesta de la tercera persona?, ¿no tiene ya un conocimiento verdadero y justificado? Sí, pero justificado en función de su punto de partida. Su punto de partida es que no hace a otros aquello que no desea que le hagan a ella. Entonces, sus acciones concretas ya están justificadas en función de un principio, pero el principio del cual está partiendo no está justificado, sino que es un principio que toma por sí mismo, que él decide, como el geómetra en el razonamiento geométrico.