Pero la crítica de Aristóteles es sumamente iluminadora y va ser la segunda posición que voy a presentar en este primer asalto. La primera posición es la de Platón: en la ética se trata de encontrar una norma, como hemos visto, la Idea del Bien. Aristóteles se opone a esta afirmación y dice que Platón no ha hecho una distinción entre el pensamiento matemático y el pensamiento propiamente ético, porque el pensamiento matemático, la geometría, se refiere a cosas inmutables y eternas, a cosas que siempre son de una misma manera: dos mas dos es siempre cuatro, la suma de los ángulos internos del triángulo es siempre 180 grados (con las limitaciones que ya había hecho notar Platón), eso es siempre así; pero las cosas humanas no tratan sobre cuestiones eternas e inmutables, sino sobre cuestiones totalmente cambiables, sobre cuestiones contingentes.
Aristóteles está haciendo una distinción muy interesante: por un lado, tenemos a la teoría que estudia estas cosas inmutables y eternas. Teoría es la matemática o la astronomía (porque para Aristóteles el movimiento de los astros es inmutable y eterno); pero por otro lado tenemos el arte y la virtud, es decir, la práctica. La diferencia está en el objeto al cual se dedica cada una. La teoría se dedica a objetos inmutables y eternos, y en ella solamente interviene la pura inteligencia, es pura contemplación. En la teoría se trata de entender cómo son esas cosas eternas y nosotros no tenemos mucho que opinar o que hacer con esas verdades -dos más dos es cuatro- porque son, pues, inmutables y eternas. La práctica, en cambio, se ocupa de las cosas humanas que son cambiables y dependen de las opiniones y del punto de vista de cada uno.
Esa es una primera crítica muy iluminadora de Aristóteles, que nos dice que hay que distinguir entre dos tipos de objetos y, por consiguiente, entre dos tipos de métodos. Uno es el método geométrico, que parte de ciertas hipótesis y deduce lo que se sigue a partir de ellas, y otro es el método de la ética, que es solamente probable y aproximado y donde no hay necesidad de que las cosas sean así como deducimos que deben ser. Por ejemplo, dice Aristóteles, la mayoría de los hombres huye cuando está en peligro de muerte, pero Sócrates no huyó -se quedó y lo mataron, aun cuando pudo huir-. Sócrates es la excepción a una regla que, ahora lo vemos, era solamente empírica.
Pero lo importante es que no es necesariamente cierto que todos huyan cuando están en peligro de muerte, aunque eso sea cierto en la mayoría de los casos -este es el ámbito de la ética, el ámbito de las cosas cambiantes, no necesarias sino contingentes-.
Hecha esta distinción entre la teoría y la práctica, Aristóteles distingue todavía, al interior de la reflexión práctica, entre la producción (poiesis) y la práctica propiamente dicha (praxis). Esta vez la diferencia no se refiere al tipo de objeto que se investiga, sino al tipo de acción que realizamos cuando nos enfrentamos con estos objetos que “pueden también ser de otra manera”. En el caso de la producción o poiesis realizamos una acción no por sí misma, sino con vistas a un fin que perseguimos y para el cual la acción que nosotros realizamos es solamente un medio. Es decir, no realizamos la acción por sí misma, sino con vistas a su producto. En la praxis, en cambio, la acción que realizamos tiene sentido por sí misma y no sólo en función de sus efectos. La valentía, por ejemplo, es querida por sí misma, al igual que la honradez y la justicia. Las virtudes en general no son medios para otra cosa.
Ahora bien, las virtudes no dependen sólo ni principalmente del conocimiento, como pensaban Sócrates y Platón, sino fundamentalmente de la costumbre o del hábito personal y de los modos de hacer institucionalizados. Por eso, en el libro II de la Ética a Nicómaco Aristóteles define la virtud como un modo de ser selectivo o como un hábito de elegir, con lo que tiene en cuenta los dos aspectos de la virtud moral, el deseo y la inteligencia, responsables, el primero, de los fines que nos proponemos –que deben estar dirigidos al bien-, y el segundo de los medios que ideamos para alcanzarlos –que deben ser eficaces y, sobre todo, prudentes-.
El deseo es, entonces, el responsable de que queramos ciertas cosas en vez de otras. Y para dirigirlos hacia lo que es bueno para nosotros y para los demás, nos hace notar Aristóteles, no valen tanto los argumentos sino la prevención, es decir, la educación de los deseos de los ciudadanos desde que son pequeños y no han adquirido aun malas costumbres. Porque si educamos nuestro deseo hacia las cosas bellas y buenas adquiriremos el hábito de desearlas y ya no vamos a necesitar argumentar a favor de ellas –las desearemos, simplemente-.
La mejor manera de promover la virtud, entonces, es a través del ejemplo; la inteligencia, nos está diciendo Aristóteles, juega un papel mínimo en la ética, la mayor parte le corresponde a la educación temprana del deseo, de tal manera que la persona se acostumbre a proponerse, siempre, los fines correctos. De esta manera se forma el carácter de las personas, que no es sino el resultado del hábito de realizar siempre las mismas acciones valientes, honradas, etc. Así también las instituciones son maneras habituales de actuar, esta vez al nivel social: las instituciones son y muestran el carácter de los pueblos.
Ciertamente, de nada serviría tener el bien siempre en la mira como el fin hacia el que apuntamos sin tener los medios o la habilidad para ponerlo en práctica. Por eso es necesaria siempre la inteligencia, que se ocupa de elegir los medios correctos y sobre todo prudentes para conseguir lo que deseamos. Pues no todo medio vale lo mismo en el razonamiento ético. Los medios tienen que ser correctos y adecuados al caso concreto porque, como hemos visto, el razonamiento ético se diferencia del razonamiento puramente técnico, que privilegia el producto y no valora la acción por sí misma; además, lo que juzgamos en las acciones propiamente éticas es que son deliberadas, tanto queridas, decididas o intencionales como pensadas y evaluadas antes de hacerlas, y no solamente su adecuación utilitaria al fin que nos proponemos.
La deliberación, en efecto, tiene dos partes: primero se delibera en el sentido de evaluar, por ejemplo, un caso judicial, o la conveniencia de ejecutar ciertas acciones; y luego se decide por una de las alternativas. Así, en la deliberación se juntan tanto la inteligencia como el deseo, porque la decisión no es ya un razonamiento, sino el deseo de hacer alguna acción concreta.
En resumen, para la virtud moral hacen falta dos cosas, la costumbre de desear los fines correctos y la prudencia de elegir los medios adecuados. El ideal del comportamiento virtuoso para Aristóteles es el que depende de un deseo inteligente o de una inteligencia deseante, pues quien desea lo bueno pero no emplea medios prudentes y eficaces para llevarlo a cabo no consigue el fin que se propone y no es bueno para nada, mientras que quien emplea medios eficaces para hacer el mal que desea –es decir, el que es propiamente malo, aunque inteligente-, es doblemente peligroso y más nos valdría que fuera torpe.