Entonces, llega Hegel. Hemos visto cómo Kant empieza por criticar el centro mismo de la ética aristotélica que es la prudencia y dice que esa prudencia todavía no es ética. La ética es el deber por sí mismo, seguir ciertas normas universales. Hegel va a retroceder un poco y a recuperar la posición aristotélica en contra de Kant. Critica esta posición kantiana en tres puntos.
En primer lugar, esta ley moral universal válida para todos los hombres -ya lo había visto el mismo Kant- exige extraer o dejar de lado todo contenido para que sea universal, para que sea efectivamente válida para todos. Es decir, nada debe mandar en particular. Pero justamente, dice Hegel contra Kant, si no manda nada en particular, entonces podré convertir en valores cualquier principio que yo quiera con tal que lo universalice. Puedo, también, esconder valores o prejuicios míos detrás de una forma universal y abstracta.
Por ejemplo, cuando Kant dice que no se debe robar porque eso entra en contradicción con la propiedad privada, nos preguntamos ¿quién le ha dicho a Kant que la propiedad privada es buena? Kant, entonces, aun pretendiendo ser universalista e imparcial, en realidad está haciendo ingresar su propia concepción del mundo -que es una concepción del mundo con propiedad privada-; no habría contradicción alguna en robar si es que Kant no estuviera partiendo de una premisa supuesta y no demostrada: que la propiedad privada es buena. Hegel no estaba en contra de la propiedad privada, pero su alumno Marx, sí.
Todos los prejuicios pueden esconderse detrás de este formalismo y no hay manera de criticarlos desde el modelo kantiano porque es, justamente, abstracto. Esta es la primera crítica: el formalismo, el universalismo es en realidad una abstracción encubridora. Quedarse sin ningún contenido es dejar que los contenidos ingresen por la puerta falsa, sin reflexión, sin crítica. Eso es lo que le ha pasado a Kant. En el fondo Kant está expresando la ideología del mundo burgués del siglo XVIII. Seguramente Hegel expresa también la ideología del siglo XIX, pero exige que se haga una crítica de los supuestos históricos, sociales y culturales.
La segunda crítica se refiere a la separación tajante que hace Kant entre un mundo del ser y un mundo del deber ser. El mundo del ser es el mundo empírico, es el mundo en el que nosotros vivimos, el mundo que nosotros vemos. En este mundo del ser no hay ningún deber ser, los hechos, así como se nos muestran, no nos obligan a nada. En el mundo empírico no hay ningún imperativo y eso ya lo había dicho Hume, a quien Kant había leído con mucha atención.
Lo importante es que Kant hace una contraposición extrema entre el mundo del ser, donde las cosas simplemente son, y este mundo del deber ser que obliga de manera universal a todos los seres racionales. Kant piensa que este mundo del deber ser universal no puede tener nada que ver con el mundo empírico, porque en este mundo empírico no hay más que hechos particulares que no nos permiten hablar de una ley universal válida para todos por igual. En los hechos, hay leyes que valen para algunas personas, pero eso no nos demuestra que deben valer para todos.
Por ello, Kant dice que hay una separación estricta entre el mundo empírico, el mundo del ser, el mundo fenoménico y el mundo del deber que sólo encuentra expresión en el mundo de las cosas en sí. Allí, en ese mundo de las cosas en sí, se encuentra la obligación. En lo empírico no hay ni puede haber ninguna comprobación de la ley moral. La ley moral se “comprueba” porque hace posible nuestra moralidad, es decir, nuestra libertad, porque hace posible que nos pensemos como libres.
Pero esta separación es característica de los modernos, dice Hegel: los modernos han perdido la unidad y están por todos lados desgarrados en varios pedazos, no encuentran reconciliación entre estos pedazos opuestos entre sí. Esto puede originar dialécticas como aquella que lleva desde la revolución francesa hasta la época del terror. Basados en una lógica semejante a la de Kant, los revolucionarios franceses colocaron por encima de todo la idea de la libertad absoluta. Pero una creencia en la libertad absoluta, pura y separada de los hechos, fue la que llevó al terror: Hegel piensa que la lógica detrás de esta libertad absoluta, la lógica detrás de la moralidad kantiana y de los revolucionarios franceses, es contradictoria, porque nos dice que lo único verdaderamente puro es la motivación de cumplir con nuestro deber y respetarlo, pero ¿qué nos manda el deber?: nos manda actuar y cuando actuamos nuestras acciones ya no son puras, sino empíricas porque están aquí en el mundo, aquí las vemos y aquí podemos sospechar, aquí debemos sospechar que tienen motivaciones que no son de puro amor al deber y, por lo tanto, esas acciones son malas y para la lógica de los revolucionarios, los gestores de esas acciones deben morir.
Este desgarramiento que es típico de lo moderno -dice Hegel- produce todo lo contrario de lo que en realidad desea; en la búsqueda de la libertad absoluta, de la pureza absoluta, termina en el terror. La búsqueda de la moralidad de la más pura intención nos lleva a lo más inmoral y esta vez institucionalizado, y esta vez con buena conciencia, pensando que lo estamos haciendo por amor al puro deber.
La tercera observación crítica de Hegel es que debemos fijarnos en las instituciones concretas de los hombres y en su historia, pues es ahí donde se da la mediación entre estos dos mundos que Kant había separado tan tajantemente. Tenemos que tomar en cuenta la vida real de los hombres tal y como es, debemos insertarlos en las instituciones concretas realmente existentes y ahí se hace el paso entre el deber ser y el ser, ahí, en las instituciones, está la mediación entre estos dos extremos.